I saw Stereolab in Bellingham and they played one chord for fifteen minutesSomething in me shiftedI brought back home belief I could create eternityTHE MICROPHONES, “MICROPHONES IN2020″
El pasado miércoles 12 de noviembre, luego de una espera que se extendió durante la mayor parte del año, la Ciudad de México finalmente fue sede del sonido elegante, complejo y, en fin, permanentemente fresco de Stereolab.
Al comenzar la velada, mientras los asistentes aún llegaban, el dúo nacional que opera bajo el nombre Progreso Nacional VS Sebastián Rojas se desdobló frente a la audiencia con un repertorio donde dejó en claro el cómo lo más personal es también aquello frente a lo que más fácil respondemos y con lo que más empatizamos, pues de esta presentación acabo surgiendo un sentido de comunidad y sintonía entre los presentes.
Durante esta nueva visita, la agrupación franco-inglesa nos presentó el despliegue de un setlist cuya heterogeneidad permitió a la audiencia recordar todas aquellas experiencias personales y etapas con las que cada quien asocia los momentos estelares de su discografía, así como realizar un recorrido por las distintas sensibilidades por las que su sonido ha atravesado. Al finalizar el encore, nos dejó con la sensación de haber vuelto a charlar con viejos conocidos y de haber transitado por diversas series de memorias auditivas. Así, cada miembro de la audiencia pudo reencontrarse con algún momento en el que la música de Stereolab lo haya marcado, sin dejar de recibir algo nuevo durante esta visita. Y esa es la sensación de que incluso lo ya conocido puede reactualizarse: generar o traer a la luz emociones y sensaciones que originalmente fueron efecto de situaciones personales, pero que ahora se convierten en puro goce, puro disfrute sonoro y estético. Así se transmuta lo personal en colectivo por medio de la música. Y esa es la magia de Stereolab: la capacidad de articular este tipo de impresiones con suma sutileza.
A todo esto cabe agregar que, durante un momento determinado de la velada, un grupo de asistentes a nivel de pista, en medio del trance suscitado por la emoción de los sonidos más fuertes, veloces y agresivos de los que la agrupación es capaz, comenzó a generar un moshpit que contrastó por completo con aquello que uno asociaría con un concierto de Stereolab. Y, sin embargo, ese contraste —quizás a primera vista completamente fuera de lugar— es también la otra faceta de aquello que continúa fascinándonos de esta agrupación.
Y es que la música de Stereolab permite esa dicotomía en la cual, por un lado, se experimenta un sabor que, por tipificarlo de algún modo, podríamos denominar simplemente refinado, con todas las asociaciones positivas que eso implica, mientras que, por otro lado, hay una violencia contenida cuyos momentos de desahogo hallan cabida en estos arrebatos de energía sin jamás perder la compostura ni el porte.
A través de esta velada Stereolab nos volvió a demostrar la posibilidad de intelectualizar, darle forma, y articular de manera sonora algunas de las emociones más complejas sin nunca perder el buen gusto al hacerlo y continuar, sin embargo, produciendo algo que no puede sino sentirse honesto.



